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  • ricardoreynaud22

Yo no fui mordido por Al Pacino

Actualizado: 21 feb

“Un@ debe buscar a su duende sin descanso,

hasta en la última habitación de la sangre”.

Federico García Lorca


Desde muy temprana edad sentí una profunda fascinación por el juego, Eduardo mi hermano y yo exploramos tantos personajes como la imaginación nos permitía, y nos permitió bastante. Siempre supe que el juego es el elemento en el que el ser humano nos regodeamos en el placer más puro. Todos los oficios y actividades humanas me parecían exquisitos, si me preguntaban qué quería ser de grande, mi cerebro se pasmaba, había tantas ocupaciones que me apetecían, que para contestar a esa pregunta terminé diciendo varias veces, quiero ser jefe apache.


Acompañaba a mi abuela al mercado y quedaba fascinado con el olor de la carpintería, con la dedicación del señor ebanista tallando la madera de una hermosa silla, de una hermosa casa, que podría ser art decó, aunque no tuviera idea de lo que eso significaría, sin embargo tenía la imagen de la casa de mis bisabuela María en la Narvarte, y la de mi bisabuelo Artemio en Puebla, niguna era art decó, pero me encantaban


Veía atento al señor de la carnicería que con habilidad cirquera, como el de los tacos al pastor, cortaba la carne y se movía casi bailando en ese pequeño cubículo de madera blanca, que no olía como la carpintería, sin embargo me apetecía estar ahí viendo como manipulaba esos cachetes enormes de carne, que cuando golpeas suena a lucha de zumo. Tantos oficios observaba en la calle, o personajes veía en la TV y en el cine, tantas veces los representábamos Eduardo y yo en la casa.


La infancia tiene ese hálito hermoso de navegar por la imaginación sin limitaciones, eso que reviste al juego, es la esencia, la parte abisal y neurálgica del placer, esa experiencia, extática y divina, que buscamos como elixir desde que nacemos.


Haciendo honor a uno de mis libros favoritos escrito por Yoshi Oida, no puedo olvidarme de los campamentos de Tlalocan, el grupo de karate, que hicimos en Tepoztlán, en los que Jaime, el director de la escuela y amigo de mi papá, nos enseñaba entre muchas otras cosas ninjitsu, jugábamos a ser ninjas, eso para mí era como viajar en un cohete a la luna, desarrollábamos, con mucho entrenamiento, lo que hacían aquellos seres místicos de la edad media japonesa, espías especializados que desarrollaban facultades extraordinarias para el espionaje, a través de la disciplina y mística ancestral; la sola idea me volaba la cabeza, poder llegar a través de la mística, la técnica y la disciplina al desarrollo de una destreza tal, que te hiciera escalar paredes escarpadas, lanzar estrellas de metal que se clavaban en el adversario antes de que si quiera pudieran parpadear, lanzar una bomba de humo y al abrir los ojos ya no encontrar al encapuchado de negro, o simplemente como dice Yoshi en su libro, pasar desapercibido a la vista de los demás.


Me recuerdo relamiéndome los bigotes en casa, preparando los atuendos de ninja antes de ir al campamento, mi mamá nos ayudaba a entintar de negro algunas prendas que ya no usábamos, para quedar enfundados en ese traje oscuro que nos tapaba todos, ocultándonos hasta la cabeza y boca.


Jaime nos llevaba de noche al cementerio de Tepoztlán disfrazados de ninja, yo sentía introducirme en otra dimensión, una realidad en la que debíamos pasar desapercibidos por los guardias japoneses en un castillo medieval, introduciéndonos así al centro del imperio enemigo; aunque no imaginaras tanto, era suficiente estar entre las tumbas del cementerio a media noche, nada era comparable a esa sensación.


Nunca supe a esa edad que quería ser actor, ni se me cruzaba por la cabeza, nadie a mi alrededor estaba involucrado con el arte y la cultura, sin embargo me deshacía por esos deleites en secreto.


En ese campamento gané el concurso de poesía y de premio me pude beber un par de cervezas, me sentía en la cima del mundo; en la noche, en las fiestas temáticas que se organizaban en el campamento, me sentía por lo menos James Deen, bailé toda la noche con la niña que me gustaba, sentada en mis piernas al final de la fiesta nos besamos, fuegos artificiales; cuando regresé a mi cabaña y me recosté en el sleeping, el olor húmedo de la cabaña combinado con el olor de la niña impregnado en mí, la sensación de sus labios en los míos, hizo que tuviera el sueño más profundo y reparador.


El llegar a la ciudad la carroza se convertía en calabaza de nuevo, nadie a mi alrededor alentaba mis sueños de poeta, de magia, de imaginación. Me conformaba con seguir soñando en el karate, en su disciplina y en su mística. Fuera de eso, había que hacer tareas en la escuela, ser buen hijo, hermano, compañero, católico y comer bien. La escuela era divertida sólo por el recreo, el fut, y mis amigos...


Entré a la selección de futbol del colegio porque jugaba bien y porque el fut me hacía olvidar todo ese extraño mundo de maestros que me enseñaban religión, de jornadas llenas de clases aburridas, y luego hacer la primera comunión. Mis papás eran exigentes con las calificaciones, y cuando mi papá iba a verme a los partidos de fut, quería hundirme en el pasto, se la pasaba gritándome que lo hacía mal, honestamente no me acuerdo de las porras, pero seguro las echaba, a veces iba con Bolo, mi abuelo, quien se emocionaba bastante. Ya ves, uno recuerda las cosas malas de los papás y las buenas de los abuelos, así la vida...


Lo bueno es que hacíamos muchos paseos, y de vacaciones con mis papás y mis abuelos (Abuela y Bolo), nos regalaban muchas cosas, eran muy cariñosos y hacían todo el show de Santa y los Reyes Magos, todo eso era fascinante, tenía que ver con el juego, era dichoso, un día juré que había visto pasar a los Reyes Magos por la ventana.


A falta de lo artístico y lo creativo, canalicé mucha de esa energía, viendo películas y telenovelas, Eduardo y yo veíamos hasta 10 veces las películas que nos gustaban; apenas llegábamos al nuevo departamento de mi papá, cuando se fue de casa, veíamos el making off del videoclip de Thriller de Michael Jackson, tal vez lo vimos unas 50 veces. Mi papá nos llevaba mucho al cine, él se quedaba dormido, de lo cansado que estaba de tanto ajetreo; Bolo y Abuela, también nos llevaban mucho al cine, todos los fines de semana, íbamos al Teatro Chino, me encantaba, nos compraban dulces, mi abuela se compraba siempre un gasnate, ese dulce de merengue, era un clásico en los cines, en esos cines que daban funciones en permanencia voluntaria, así que a veces nos quedábamos a ver la misma película otra vez, o en ocasiones otras películas por el mismo precio. Veía todas las películas y telenovelas, admirando en secreto a los actores y actrices, quería hacer lo que ellos hacían, me fascinaban en secreto.


Mi actor favorito es Al Pacino, recuerdo que alrededor del año ‘98 fui a ver al cine una película en la que actuaba él, The Devil’s Advocate; recién había salido de la universidad y mi pasión por actuar se incrementaba con los años, “actual” decía un recorte de papel periódico que traje mucho tiempo en la cartera, un juego de palabras que adopté de la película mexicana-cubana Quién diablos es Juliette.


Ver actuar a Pacino en esa película, fue uno de los detonadores que no sólo produjeron una atracción poderosa hacia él, sino una fascinación voluptuosa, no sólo por lo que Pacino es capaz de hacer, sino que en el fondo de mi corazón sabía que yo quería hacer eso, y más importante aún, que podía hacerlo… una voz intuitiva, lejana en ese momento, me lo decía, una voz de duende, mi duende, mi daimon, solo tenía que confiar en mí, me llevó tiempo hacerle caso a ese duende.


Esa actuación de Pacino, entre otros eventos significativos, me lanzaron dentro del caldero, donde habita el instinto húmedo, el tambache le digo yo con cariño, ir en medio del filoso camino de la incertidumbre y la sorpresa, un hoyo negro me transportó a la belleza de la locura y a la locura de la belleza, ser el poeta, el chamán, el mago.


Poco a poco fui aventurándome, rindiéndome, adentrándome en mi destino, creo en el acto de la admiración, es un acto potente, sin embargo la madurez me obligaba a dentro de mi propio corazón. Detenerme en mis endiduras y grietas, en inmensos valles, y no renunciar, solo crecer... ya lo dice Nietzsche, “llega ser quien eres”, eso puede ser la razón de una vida entera.


Me he movido en los confines y las laderas de una geografía interna accidentada, tortuosa en muchos momentos, eso sólo me ha llevado a confiar en mí. Actuar ha sido el rescate en muchos sentidos, me hizo pertenecer en un principio, después penetrar en el misterio, cuando piensas que has tocado algo, se derrite entre tus manos, la fatal atracción que sentimos, consiste en eso, volver a abrir la caja de pandora a cada momento, lo vivo, aquí y ahora, todo es nuevo, un infinito pozo agrietado en el que danzamos, la olla donde se cocina a fuego lento algo eterno y efímero, un gusano en el tiempo que comunica dos dimensiones, donde habita lo terrible, lo fantástico y lo bello.


Cuando descubrí este estilo de vida, me di cuenta que nunca pertenecí al mundo de zombies en el que crecí. Para dejar de ser un zombie lo primero que se necesita es salir de la inercia, del sombrío infierno que ha creado esta civilización moderna, autómata y vacía, para salir de esa inercia tiene que haber un vampiro como Pacino que viene y te muerde la yugular; nunca fui un zombie, cuando hice esa obra de teatro en la prepa desperté, entonces me di cuenta que soy un vampiro, una bestia, un animal, un vikingo, un gitano, un chamán, un mago, caminaba entre los zombies, pero no era uno de ellos, en realidad yo no fui mordido por Al Pacino.


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