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  • ricardoreynaud22

Yo no fui mordido por Al Pacino

Actualizado: mar 3

Desde muy temprana edad sentí una profunda fascinación por el juego, Eduardo mi hermano y yo exploramos tantos personajes como la imaginación nos permitía, y nos permitió bastante. Siempre supe que el juego es el elemento en el que el ser humano nos regodeamos en el placer más puro. Todos los oficios y actividades humanas me parecían exquisitos, si me preguntaban que quería ser de grande, mi cerebro se pasmaba, había tantas ocupaciones que me apetecían, que para contestar a esa pregunta terminé diciendo varias veces, quiero ser jefe apache.


Acompañaba a mi abuela al mercado y quedaba fascinado con los olores de la carpintería, con la dedicación del señor ebanista tallando la madera de una hermosa silla, de una hermosa casa que podría ser art decó, aunque no tuviera idea de lo que eso significaba, pero tenía la imagen de la casa de mi bisabuelo Artemio en Puebla y me regodeaba con la imagen.


El señor de la carnicería que con habilidad cirquera, como el de los tacos al pastor, cortaba la carne y se movía casi bailando en ese pequeño cubículo que no olía como la carpintería, sin embargo me apetecía estar ahí manipulando esos cachetes enormes de carne, que cuando golpeas suena a lucha de zumo. Tantos oficios observaba en la calle, o personajes veía en la TV y en el cine, tantas veces los representábamos Eduardo y yo en la casa.


La infancia tiene ese hálito hermoso de navegar por la imaginación sin limitaciones en general, eso que reviste al juego, es la esencia, la parte abisal y neurálgica del placer, esa experiencia, extática, estática y divina, que buscamos como elixir desde que nacemos.


Haciendo honor a uno de mis libros favoritos escrito por Yoshi Oida, no puedo olvidarme de los campamentos de Tlalocan, el grupo de karate, que hicimos en Tepoztlán, en los que Jaime, el director de la escuela y amigo de mi papá, nos enseñaba entre muchas otras cosas ninjitsu, jugábamos a ser ninjas, eso para mi era como viajar en un cohete a la luna, desarrollábamos, con mucho entrenamiento, lo que hacían aquellos seres míticos de la edad media japonesa, esos espías especializados que desarrollaban facultades extraordinarias para el espionaje, a través de la disciplina y mística ancestral, la sola idea me volaba la cabeza, poder llegar a través de la mística y la disciplina al desarrollo de una destreza tal que te hiciera escalar paredes escarpadas, lanzar estrellas de metal que se clavaban en el adversario antes de que si quiera pudieran parpadear, lanzar una bomba de humo y al abrir los ojos ya no encontrar al encapuchado de negro, o simplemente como dice Yoshi en su libro, pasar desapercibido a la vista de los demás.


Me recuerdo relamiéndome los bigotes, preparando en casa los atuendos de ninja antes de ir al campamento, mi mamá nos ayudaba a entintar de negro algunas de las prendas que ya no usábamos, para quedar enfundados en ese traje oscuro que nos tapaba ocultándonos hasta la cabeza y boca.


Jaime nos llevaba de noche al cementerio de Tepoztlán disfrazados de ninja, yo sentía introducirme en otra dimensión, una realidad en la que debíamos pasar desapercibidos por los guardias japoneses de un castillo medieval, introduciéndonos así al centro del imperio enemigo; nada era comparable a esa sensación.


Nunca supe a esa edad que quería ser actor, ni se me cruzaba por la cabeza, nadie a mi alrededor estaba involucrado con el arte y la cultura, sin embargo yo me deshacía por esos deleites en secreto. En ese campamento gané el concurso de poesía y de premio me pude beber un par de cervezas, me sentía en la cima del mundo; en la noche, en las fiestas temáticas que se organizaban en el campamento me sentía por lo menos James Deen, bailé toda la noche con la niña que me gustaba, la tenía sentada en mis piernas al final de la fiesta y nos besamos, fuegos artificiales; cuando regresé a mi cabaña y me recosté en el sleeping, el olor a húmedo de la cabaña combinado con el olor de la niña impregnado en mi, junto con la humedad todavía de sus labios en los míos, hizo que tuviera el sueño más profundo y reparador.


El llegar a la ciudad la carroza se convertía en calabaza de nuevo, nada ni nadie a mi alrededor alentaba mis deseos de poeta, ni de ninja, ni de actor, aunque no lo supiera. Me conformaba con seguir soñando en el karate, en su disciplina y en su mística. Fuera de ahí había que hacer tareas en la escuela, ser buen hijo y comer bien. La escuela era divertida en el recreo porque jugaba fut con mis amigos, era solo de niños.


Después entré a la selección de futbol del colegio porque era bueno y el fut podía hacerme olvidar de todo ese extraño mundo a mi alrededor, maestros que me enseñaban religión entre las clases aburridas de la jornada, mi tía Luz, que era miembro del Opus Dei, que nos daba catecismo, para hacer mi primera comunión, y mis papás, aunque no fueran tan religiosos, también eran exigentes, con las calificaciones y con la disciplina, eso sí, me apoyaban mcuho en el karate y en el fut, bueno cuando mi papá iba a verme a los partidos, quería hundirme en el pasto, se la pasaba gritándome cada vez que lo hacía mal, según él.


Hacíamos muchos paseos con ellos y con mis abuelos (abuela y Bolo), nos regalaban muchas cosas, eran muy cariñosos y hacían todo el show de santa y los reyes magos, todo eso era fascinante, tenía que ver con el juego, era dichoso con eso. Por lo que tocaba a lo artístico, me conformaba con ver muchas películas y telenovelas, era lo máximo, Eduardo y yo veíamos 10 veces las películas que nos gustaban, y apenas llegábamos al nuevo departamento de mi papá, cuando se fue de casa, veíamos de cajón el make in off del video clip de Thriller de Michael Jackson, tal vez lo vimos unas 50 veces, así hacíamos con todo lo que nos gustaba. Veía las películas y las telenovelas admirando en secreto a los actores y las actrices, quería hacer lo que ellos hacían, me fascinaba en secreto, jamás pensé que un día estaría haciendo lo que ellos.


El actor que más he admirado es Al Pacino, recuerdo muy bien que alrededor del año ‘98 fui a ver al cine una película en la que actuaba él, The Devil’s Advocate, recién había salido de la universidad y mis ganas de actuar se habían incrementando con los años, “actual” decía un recorte de papel periódico que traje mucho tiempo en la cartera, un juego de palabras que adopté de la película mexicana cubana Quién diablos es Juliette. Ver actuar a Pacino en esa película, fue uno de esos detonadores que gatillaron no sólo una atracción poderosa hacia él, sino una fascinación voluptuosa por lo que es capaz de hacer, sin embargo más allá de aquello, en el fondo de mi corazón sabía que yo quería hacer eso, y más importante aún, que podía hacerlo… una voz intuitiva, lejana, misteriosa, una voz de duende me lo decía, mi duende, mi daimon, mi bestia, solo tenía que confiar en mi, cosa que me llevó muchos años.


Esa actuación de Pacino, entre otros eventos significativos, me lanzaron dentro del caldero, donde habita el húmedo instinto, en medio del filoso camino de la incertidumbre y la sorpresa, un hoyo negro que me transportó a la belleza de la locura y a la locura de la belleza, al poeta, el chamán, el mago, poco a poco fui aventurándome, rindiéndome, para adentrarme en mi propio destino, creo en el acto de la admiración, es un acto potente, sin embargo la madurez está en avanzar dentro del propio corazón. Detenerme en mis propias grietas, endiduras y valles, no renunciar y crecer es una tarea mucho más importante que la de ser actor, saber quien soy, ya lo dice Nietzsche, “llega ser quien eres”, eso puede ser la razón de una vida entera.


Me he movido en los confines y las laderas de una geografía interna accidentada, llevándome a confiar en mi, cada vez más. Actuar ha sido para mi el rescate en muchos sentidos, me hizo pertenecer en un principio, rindiéndome al misterio de quien soy yo, después me hizo penetrar en lo misterioso de la actuación, que es algo que cuando piensas que has tocado se derrite entre tus manos, ahí radica su fatal atracción, cada momento se vuelve a abrir la caja de pandora, el presente, donde todo es nuevo y vivificador, ese infinito pozo agrietado en el que danzamos, la olla donde se cocina algo eterno y efímero, un hoyo negro que comunica dos dimensiones, donde habita lo terrible, lo fantástico y lo bello.


A la vez que fui creciendo en este camino, este estilo de vida que es la actuación, me di cuenta de mi verdadera naturaleza, descubrí que nunca pertenecí al mundo de zombies en el que crecí; para dejar de ser un zombie lo primero que se necesita es salir de la inercia, el infierno que creó el absurdo sistema que nos rige, o nos regía.. para eso tiene que haber un vampiro como Pacino que viene y te muerde la yugular; años después me di cuenta que nunca fui un zombie, que cuando hice esa obra de teatro en la prepa desperté, entonces me di cuenta que soy un vampiro, una bestia, un animal, un vikingo, un poeta, un gitano, un chamán, no me había percatado de ello, caminaba entre los zombies y pensaba que era uno de ellos, pero no era así, en realidad yo no fui mordido por Al Pacino.


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